

Más de 3 millones de personas ya en el extranjero. Es difícil cuando no consigues la comida que te gusta, cuando no entiendes cómo funcionan las cosas en el cole de tu hijo, cuando el médico habla demasiado rápido y asientes sin comprender del todo.
Eso mismo sienten quienes llegan aquí. El desconcierto en el supermercado, la angustia burocrática, la extrañeza de no encontrar tu sitio. La migración es eso: sentirte extranjero, seas de donde seas, vayas donde vayas. Un ejercicio universal de valentía y vulnerabilidad.
Lo sabemos bien. España fue país de emigración hace apenas cincuenta años. Nuestros padres y abuelos cruzaron fronteras buscando trabajo en Alemania, Francia, Suiza. Fueron recibidos con recelos, con prejuicios, con leyes que los consideraban mano de obra temporal, nunca ciudadanos de pleno derecho. Hoy seguimos saliendo fuera a buscarnos la vida: jóvenes a Berlín, familias a Buenos Aires, aventureros a Nueva York. Así hasta 3 millones. Buscamos lo mismo que busca cualquiera: una oportunidad de futuro, una vida más digna y menos precaria.
Y sin embargo, cuando otros hacen ese mismo camino hacia España, el discurso cambia. De repente, la migración se convierte en problema, en amenaza, en invasión. Siempre hay una excusa para justificar que nosotros somos distintos. Pero no lo somos. Los movimientos de población fueron el origen del mundo y siguen siendo una tremenda fuerza de avance.
Los españoles y españolas migrantes somos 3 millones. Y seguimos creciendo. Hoy, Día Internacional de las Personas Migrantes, la pregunta es simple: ¿tratamos a los demás como queremos que traten a los nuestros? La ILP de regularización está en el Congreso. Que nuestros representantes demuestren si la respuesta es sí.
En España, las personas extranjeras residentes no pueden firmar Iniciativas Legislativas Populares, ya que este derecho está reservado exclusivamente a ciudadanos españoles inscritos en el censo electoral? Es una clara asimetría democrática: los residentes extranjeros pueden trabajar, tributar y contribuir al sistema económico y social, pero carecen de derechos políticos básicos de participación directa, como apoyar una iniciativa legislativa, lo que limita la capacidad de influir en normas que afectan directamente a nuestra vida cotidiana.
Hay otra dimensión de la migración que suele olvidarse: la política. Durante años a los residentes en el exterior se les pidió, literalmente, que rogaran su derecho al voto. El llamado voto rogado convirtió un derecho fundamental en una carrera de obstáculos administrativos para ejercer un derecho y un deber esencial para la democracia.
No se trata solo de una cuestión simbólica, el voto exterior importa y mucho. En las últimas elecciones generales, más de 233.000 españolas y españoles residentes en el extranjero votaron: un 10,04% del censo CERA, una participación claramente superior a la de 2019 tras la eliminación del voto rogado. En un contexto de resultados ajustados, el escrutinio del voto exterior alteró el reparto de un escaño clave que se trasladó desde el PSOE al PP en la Comunidad de Madrid.

Imagen de portada: Foto de Dmitrii Vaccinium en Unsplash


